En el marco de la Guerra de la Independencia (1808-1814), un
movimiento patriótico surgido de la Universidad de Santiago de Compostela (Ls Coruña) dio
como resultado la creación de una compañía, formada por estudiantes que,
alzados contra la invasión francesa, se dieron en llamar románticamente "Batallón Literario".
En el contexto de la
Guerra de la Independencia Española (1808-1814), resurgió este
movimiento de milicia estudiantil en la Universidad de Santiago de Compostela –ya se había
constituido previamente en 1663 (de la mano de Pedro Carrillo y Acuña, arzobispo de Santiago, quien ejerce de capitán general del Reino de Galicia de 1661-1663) ante los ataques portugueses a la villa
de Monterrei, tras la sublevación de Portugal contra España en 1640–,
formándose en la etapa de la invasión francesa, una compañía integrada
por hasta 1.200 efectivos entre estudiantes y la oficialidad, que decidieron luchar contra las tropas de Napoleón,
siendo conocidos como el Batallón Literario.
Este movimiento vino
determinado tras una reunión en la universidad, tutelada por el
arzobispo de Compostela Rafael Múzquiz Aldunate. El
batallón fue constituido en sólo 42 días. Todos sus integrantes tenían la graduación de cadetes por su condición, divididos en seis
compañías de 168 miembros cada una con sus respectivos jefes y
oficiales.
La creación del cuarto Batallón Literario (o Batallón de Literarios) surge con motivo del
alzamiento contra la ocupación francesa y se forma cuando la Junta del
Reino de los delegados de las siete provincias gallega de Santiago,
Coruña, Betanzos, Lugo, Mondoñedo, Ourense y Tui, se reúnen en la ciudad
de La Coruña el 30 de mayo de 1808, para otorgar el servicio de
Millones.
Al día siguiente los delegados que tenía el claustro de la Junta de
Defensa de Compostela, Vicente Neira, Pedro Piñeiro, Antonio Álvarez,
Francisco Cabrera, Juan Lareo y Mariano Espiñeiro, eligen como coronel
del Batallón Literario a Ignacio Armada y Mondragón, IV marqués de Santa
Cruz de Rivadulla.
Se llegó en la ocasión al acuerdo de poner al frente de esta tropa
estudiantil a Juan Ignacio de Armada Caamaño Ibáñez de Mondragón y
Salgado de Sotomayor, IV marqués de Santa Cruz de Rivadulla, y con José Dionisio Valladares, como el abanderado de la unidad, su
lema inicial quedó definido en “Auspice Deo Pro Libertas Patriae et Regis”, financiándose a
través de aportaciones populares y de la propia casa del marqués. Según
Alfonso Armada y Comyn, explicaba que a su antepasado
«para que pudiera consolidar su autoridad moral y mandar a los alumnos universitarios lo hicieron doctor
en todas las facultades», y este título tuvo carácter hereditario.
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Bandera del Batallón Literario de Santiago, recogida por la
obra "Banderas de España", de J. L. Calvo Perez y L. Gávalos
González |
Portaban, por una parte, una bandera en la que se pueden ver
dos
escudos, el del antiguo reino de Galicia junto con el escudo de armas de
la universidad, cubiertos por una corona real y en la parte inferior dos ramas de palma unidas que simbolizan la victoria. Por otro lado llevaban
con ellos una cinta en la que estaba inscrito un poema: «Por rescatar a
Fernando [el rey Fernando VII] y acabar con Bonaparte, unióse Minerva a
Marte».
Fue el 18 de julio de 1808 cuando, partiendo hacia León, en Bembibre se unen a las tropas del general
Joaquín Blake, junto a otros voluntarios navarros. Acudieron en apoyo de los
famosos Héroes de la Batalla de Ponte Sampaio, y también se sabe que
penetraron disfrazados en la ciudad de La Coruña, de manera clandestina para
reconocer sobre el terrenos las defensas y las baterías, cuando la
ciudad se encontraba tomada por el mariscal Ney.
Ya en 1810 disuelven este batallón (Real Batallón militar Literario, pasando a denominarse el nuevo de Infantería Ligera de Voluntarios de Santiago), el encargado de ello es el
general Castaños y el marqués de la Romana, recibiendo los que sobrevivieron la condición de
oficiales.
De los más de 1.000 jóvenes que salieron en julio de 1808 sólo
regresaron poco más de un centenar, habiendo sido diezmados en la batalla de Alba de Tormes, en 1810 cuando se dio por finalizada
la aventura universitaria.
Muchos de los cadetes del Batallón prefirieron, al concluir la guerra, permanecer en el ejército. Quizá los más destacados hayan sido el teniente general Andrés García Camba y el teniente general José Ramón Rodil, varias veces ministro y, en una ocasión, presidente del Consejo de Ministros.
EL BATALLÓN
Relato: La historia de un médico gallego afrancesado, que recorre el siglo XIX
español, ha sido galardonada con el I Premio de Relato Histórico "Emilia
Pardo Bazán", organizado por la Real Asociación de Hidalgos de España y la
Cátedra Vargas Llosa.
Por Alfredo Conde, escritor y
político. Accesible en:
https://letraslibres.com/ficcion/el-batallon/I
Mi edad debía de ser muy temprana. Nueve o diez años como
mucho. Recuerdo con total nitidez a mi padre. Lo veo entrando en la amplia
galería que daba a poniente. Vamos, me dijo. Me levanté y salí detrás de él. ¿A
dónde vamos?, me atreví a preguntarle. Tengo que hacer unas autopsias,
respondió sin mirarme.
Al llegar a las cuadras ya tenía ensillado el caballo. Se
subió a él. Luego me aupó a la grupa y echamos a andar, el caballo al paso. No
hay prisa. Esperarán lo que haga falta, me comentó en algún momento y creí
adivinar que lo había dicho mientras sonreía no sé si con tristeza o con
malicia.
Según íbamos llegando al cementerio comenzó a informarme. En
ese momento el mar se ofrecía plácido, allá abajo, mientras con toda parsimonia
mi padre me comentaba lo sucedido anoche. La temperatura era amena y el aire se
estremecía con los cantos de grillos y cigarras. Mi padre acompasó su voz a la
del canto coral que hendía el aire de la tarde. Aún no sé cómo lo hizo.
El día anterior se había celebrado la fiesta del Carmen. Al
terminar la procesión de los barcos que seguían la estela del que llevaba a
bordo la imagen de la Virgen, comenzó la fiesta en el atrio de la iglesia.
Pronto empezaron los aturuxos y todo se hizo silencio; al momento se
supo que quienes acudían hendiendo el aire eran ellos, los de la parroquia
vecina; gente del monte ajena por completo al mar. Gente ruda.
Al oírlos, sabiéndolos llegar, el casado más joven de
nuestra parroquia apretó fuertemente la moca; una vara, hecha casi
siempre de una raíz de toxo, que tiene una empuñadura, diríase que de
forma esférica, suficiente para ser abarcada en la cuenca de una mano; un
bastón, quizá un cetro, que se le entrega al casado más joven de la parroquia
para que lo custodie y luzca hasta que un nuevo casado venga a relevarlo. La
pelea comenzó enseguida. Venían con ganas de ella y con ánimo de devolver la
visita que los de nuestra parroquia habían realizado a la suya acompañando a
uno de los nuestros que mantenía amores con una de sus mujeres más
jóvenes.
II
Me apee del caballo con una ligereza de la que demostró
carecer mi padre o al menos de la que no quiso hacer gala; al fin y al cabo no
solo era el médico sino también el señor del pazo y eso requería, según solía
advertirme, de cierta contención de todos nuestros impulsos e incluso de
estudio previo de llevarlos a cabo. Liberal, sí, siempre fue mi padre. Pero
también muy consciente de su posición y su sabiduría. ¿No te marearás? me
preguntó, según se bajó de la montura, dando por hecho que eso no sucedería.
Negué con la cabeza. Procura respirar por la boca añadió, si ves que no
aguantas puedes salir sin decirme nada. Asentí de nuevo con la cabeza.
III
No era un cadáver sino cinco los que esperaban la visita de
mi padre. Estaban depositados encima de una gran mesa de madera en el interior
de un caseto próximo a la capilla del camposanto. Dos de ellos mostraban una
gran hendidura en sus cráneos; unas oquedades, en las que cabría un puño
humano, que enseguida me permitieron deducir que eran debidas a sendos golpes
dados con fuerza y sabiduría bien administradas en el manejo de la moca. Mi
padre comprobó las cabezas de los restantes y pude ver que las de otros dos
estaban integras, pero que uno de ellos tenía la camisa llena de sangre ya
coagulada y seca. Había recibido una gran navajada a la altura de su
corazón.
Habíamos entrado seguidos de numerosos vecinos que esperaban
la llegada de mi padre y ahora se agrupaban detrás de nosotros convirtiendo el
aire del caseto en algo denso, húmedo y desagradable. Mi padre ordenó que
desvistiesen al quinto cadáver y que lo depositasen encima de otra mesa, esta
con el tablero de mármol, sobre la que él pudiese manipularlo sin dificultades.
Al hacerlo todo el mundo pudo ver que estaba lleno de hematomas y magulladuras
producidos por una sarta de golpes que hicieron exclamar a mi padre: ¡Que
brutal paliza! ¡Lo mataron a patadas. Acto seguido ordenó retirarse a
todos.
Mientras se retiraban de la cercanía de la mesa, mi padre
llenó de agua una palangana y la puso sobre el mármol, arrimada a una de sus
esquinas. Si no lo soportas vete, me dijo, este es el que apareció en el
muelle.
Permanecí a su lado. Entonces él, con el bisturí que había
sacado de su maletín, practicó una incisión de lado a lado del vientre del
difunto. De inmediato la más de las personas que se arremolinaban alrededor de
la mesa abandonaron el caseto horrorizadas. El olor se había vuelto
nauseabundo. Mi padre ni se inmutó. Comprobó si yo permanecía a su lado.
Entonces me dijo:
Atiende, estos son los pulmones en ellos entra el aire que
respiramos, me dijo mientras cortaba el lóbulo inferior de uno de ellos, me lo
mostraba y me decía, al mismo tiempo que lo arrojaba a la palangana,
comprobando que no se hundía: No murió ahogado. Cayó al agua ya muerto.
A partir de ahí y hasta mis quince años, acompañé cientos de
veces a mi padre en la consulta y en las visitas a las casas de sus enfermos.
Estaba destinado a heredarlos a ellos al tiempo que el pazo familiar con la
consulta añadida.
IV
Al cumplir los quince años de edad, intuí el futuro que me
esperaba como auxiliar de mi padre y me empeñé, hasta conseguirlo, en ir a
estudiar medicina a Compostela. Mi padre era un buen médico. Había viajado a
Francia en varias ocasiones, navegando desde Baiona A Real, y siempre había
regresado con algún conocimiento más propio de su oficio y con algún
instrumento con el que ayudarse en él. También regresó siempre cada vez más
afrancesado.
En uno de sus viajes se había hecho con un estetoscopio, en
otro con agujas hipodérmicas y con termómetros y aprendido a utilizar el ácido
nitroso, que tanto hacía reír a sus pacientes e incluso a nosotros dos mientras
se lo administrábamos a ellos. Antes de cumplir esos quince años que
determinaron el curso de mi vida ya me manejaba no solo con los aforismos de
Hipócrates sino también con los de Boerhaaven, aquellos más propios de médicos
ya viejos, estos de la nueva clase médica que se anunciaba. Todo gracias a los
viajes de mi padre a Francia y a la paciencia puesta en enseñarme.
Argumentaba él que no era precisa la asistencia a las aulas,
sino que era suficiente con presentarse a los exámenes finales. Además, en ese
año de mi incorporación universitaria, basada en el plan de estudios impuesto
en 1804 por la universidad salmantina, fundada que había sido por un arzobispo
gallego, se había impuesto el “Plan Caballero” de forma que fueron suprimidos
los estudios de medicina para ser sustituidos por los de cirugía. Mi padre ante
tal medida pretendía enviarme a Valencia o a Salamanca, las dos únicas en
las que se podían realizar estudios de medicina, todo ello en beneficio de los
colegios de cirugía de Madrid, Barcelona y Cádiz. Yo persistí en viajar a
Compostela. Lo hice coincidiendo el inicio del curso, en el día de San
Lucas.
Tan pronto como los catedráticos me vieron en sus aulas y
supieron quien era mi padre les faltó tiempo para comprobar que el grado de
conocimientos que él había aducido como ya asumidos por mi era cierto. Lo
hicieron sin mucha elegancia. Había argumentado mi padre que yo ya había
aprendido el arte de sanar a su lado y que sería más que suficiente con acudir
a los exámenes de fin de curso.
Me sentí como Cristo entre los doctores, pero acabé
cumpliendo mi deseo de quedar en Compostela. Fui feliz mientras estuve en ella.
Pero la estancia fue corta
V
Se fue acercando el año 1808 y con él la llegada de las
tropas de Napoleón. Yo tenía quince años. Entonces era arzobispo de Compostela
Rafael de Munarriz. Le faltó tiempo para convocar de nuevo la formación del
Batallón Literario, compuesto únicamente por universitarios, tal y como ya
había sucedido cuando Francis Drake cercó A Coruña en devolución de la visita
que nuestra Gran Armada había realizado a su país. El anuncio de la llegada del
Batallón a Coruña había significado la retirada de Drake, temeroso de no
poder cruzar a tiempo el Ponte da Pasaxe para reincorporarse a bordo con
sus tropas. Ahora volvía a ser convocado. Para mandarlo fue designado Juan
Ignacio de Armada, IV marqués de Ribadulla. A fin de que pudiese mandar sobre
universitarios le fue concedido el grado de doctor, con carácter hereditario,
en todas las facultades existentes en aquel momento en la universidad
compostelana. La incorporación al Batallón no fue obligatoria pero aquel
estudiante que no se alistase en él no podría seguir sus estudios en ninguna
otra universidad española. Me alisté.
Cuarenta y dos días después de ser convocado el Batallón me
vi formando parte de él, junto con otros dos mil estudiantes, luciendo todos
una cinta que rezaba : “Por rescatar a Fernando y acabar con Bonaparte unióse
Minerva a Marte” y dispuesto a encaminarme al campo de batalla. Sobreviviríamos
apenas doscientos de los alistados en las seis compañías de ciento sesenta
y ocho miembros cada una de ellas. A todos se les reconoció el grado militar
alcanzado en la guerra y se le convalidaron tantos años de estudio como años
ocupados en la contienda.
VI
Recorrimos parte del noroeste peninsular de forma algo
errática, siguiendo los desplazamientos del marqués de La Romana, hasta que
llegamos a Alba de Tormes. Reconozco que nunca fui un guerrero. Mi impulso no
era el de matar, sino el de curar. Me dediqué a atender a mis compañeros
heridos. Entonces los heridos no eran retirados del campo de batalla hasta el
final de esta. En el caso de los heridos enemigos simplemente se les
abandonaba.
Sin darme apenas cuenta me fui acercando al lugar en el que
el fragor del combate estaba siendo más encarnizado. Atendí a varios compañeros
del Batallón, curé a soldados españoles y casi sin proponérmelo me vi
atendiendo a soldados franceses, mientras la batalla estaba cambiando de signo.
El último al que atendí, ya al final de ella, era un francés que tenía una
pierna medio amputada y estaba casi exánime. Le practiqué un torniquete y me
dispuse a completar la amputación como había visto hacer una vez a mi padre.
Así no; me dijo en francés una voz que sonó detrás de mí,
mientras una mano me apartaba a un lado y el hombre que parecía ser el dueño de
ella se inclinaba sobre el herido. Así lo haría mi padre, le respondí a la voz
en el francés que mi padre me había enseñado. Atiende y aprende, me dijo
entonces.
VII
Con una precisión que me asombró realizó un cono de base
externa y vértice interno en la pierna del herido; lo hizo con el área de corte
a tres niveles de la piel, del músculo y del hueso. No llevó apenas tiempo,
cinco minutos como mucho. Quedé maravillado, ajeno a que había sido rodeado de
soldados franceses. Es mi prisionero, se viene conmigo, ordenó aquel hombre
capaz de completar una amputación en tan pocos minutos. Le obedecieron.
Fue así como abandoné el campo de batalla y caí en manos del enemigo
VIII
Mientras nos dirigíamos a la retaguardia francesa mi captor
me fue interrogando. Me preguntó por qué hablaba francés. Le respondí que me lo
había enseñado mi padre. Después quiso saber cómo había aprendido a usar el
bisturí y le respondí lo mismo, puesto que mi padre era médico y me había
enseñado a ello. Me respondió que él era médico, que había tenido un abuelo
cirujano barbero que le había enseñado los rudimentos y que, teniendo trece
años, había caminado cinco días hasta llegar a Toulouse en donde estaba su tío
Alexis, cirujano jefe en el Hospital Saint-Joseph de la Grave. Después me
preguntó más cosas. Primero quiso saber qué edad tenía. Le respondí que quince
años y que me habían alistado a la fuerza so pena de no poder seguir estudiando
medicina en ninguna otra facultad española; después me interrogó sobre mi padre
y enseguida dedujo que era lo que los españoles considerarían un afrancesado.
Menuda tragedia la de los hombres como tu padre, me dijo, tienen que luchar
contra un invasor sabiendo como saben que su gobierno traería modernidad,
progreso, libertad y derechos humanos a un país que no acertó todavía a salir
del pensamiento tridentino. Después aún sintió curiosidad por algo más. Quiso saber
por qué había intentado curar a un enemigo. No era un enemigo, era un
herido, le respondí sin darme cuenta de que mi afirmación me llevaría a
permanecer largos años en poder de aquel cirujano experto.
IX
Dominique-Jean Larrey, mi captor y enseguida mi maestro, fue
un gran cirujano al tiempo que un gran innovador de la medicina aplicada en los
campos de batalla. Él fue quien acercó los hospitales de campaña, antes tan
alejados de ello: él quien dispuso un servicio de ambulancias que retirasen de
inmediato a los heridos, entre otras muchas innovaciones médico-quirúrgicas
como la que le vi realizar desde el momento de caer en su poder.
Completé con él toda la campaña del ejército francés en
España. Intenté huir varias veces sin conseguirlo y acabé aceptando mi sino
consolándome con el hecho de todo lo que podía aprender de aquel prodigio de
genio médico, que acabaría salvando la vida después de que el duque de
Wellington lo sorprendiese atendiendo a un soldado inglés, en pleno campo de
batalla, y de que para salvaguardarlo a él y a su ambulancia redirigiese la
línea de fuego a fin de que no le afectasen. Terminada la batalla, Larrey cayó
en manos prusianas. Reconocido por un médico alemán que había sido alumno suyo,
el mariscal Von Blücher lo liberó dándole alimentos, dinero y ayuda para
que regresase a sus líneas: había salvado la vida de un hijo suyo en una
campaña anterior de los franceses en Austria.
Durante mucho tiempo, acaso durante más tiempo del deseable,
continué bajo la protección de quien habría de ser el barón de Larrey. Fui su
discípulo y quiero creer que en alguna medida fui su hijo. Pero ningún
emperador dijo ni dirá nunca de mi que fui “el hombre más virtuoso que he
conocido. Ha dejado en mi espíritu la idea de un verdadero hombre de bien”.
Tampoco ningún gran duque inglés se quitará el bicornio al oír pronunciar mi
nombre diciendo “saludo el honor y la lealtad del doctor”. Nada de eso me
sucederá nunca a mí, español que he resultado extraño ante los franceses,
afrancesado que he sido considerado entre los españoles.
X
Llegaron a destino algunas de las cartas que le envié a mi
padre, de modo que este hizo saber enseguida que había caído prisionero del
ejército francés. Pero ni aun así, dada su condición de afrancesado, consiguió
erradicar el rumor de que me había pasado al enemigo.
Regresé al cabo de cinco años con el título de médico
expedido en la Sorbonne bajo el brazo y las enseñanzas de Larrey en la cabeza,
pero tuve la inspiración de no mostrar aquel y de no exhibir estas más de lo estrictamente
necesario. Las influencias que mi padre era capaz de ejercer sirvieron para que
se me conmutasen los años como prisionero por los cursos de medicina que
no había podido cursar y para que mi propio padre me convenciese de que mi
futuro estaba en ejercer mi profesión en el pazo y en su zona de influencia tal
y como él había hecho. Era un médico notable, si, pero también un hidalgo
debido a sus apellidos y ambas condiciones deberían conducirme a desenvolverlas
con la dignidad del hidalgo y la generosidad del médico. Así fue durante años.
Pronto gané una fama como médico que superó a la de mi padre. Sin embargo la
curiosidad que sentí desde niño hacia la medicina popular me deparó una cierta
fama de “meigo”, cuando no de brujo. Más de una infección causada por una
herida la resolví con un moho que obtenía en las cuadras del ganado y más de
otra la evité haciendo que el enfermo frotase, con tierra del cementerio, las
manos con heridas profundas causadas con hoces o con guadañas. De los
“compostores” aprendí a resolver dislocaciones, recomponer fracturas y otras
artes que todavía recuerdo cuando ya no me han de servir de nada.
XI
Cuando apareció por el pazo Jerónimo Piñeiro de las Casas,
hijo del marqués de Bendaña, no imaginé que fuese algo más que un enfermo de
tercianas, tampoco que hubiese sido militar, ni que fuese geólogo, tampoco que
su objeto fuese el de relacionar entre sí a todos aquellos sospechosos de
liberales cuando no de afrancesados; mucho menos que habría de servir de enlace
entre los sublevados contra el gobierno de Narváez, el de 1846. El que
dirigió el coronel Solís, instigado por Juana de Vega, condesa de Espoz y Mina,
aya que había sido de la reina. Gracias a él salí del pazo.
El levantamiento se inició en Lugo el 2 de abril. El Ejército
de Liberación de Galicia, a las órdenes de Solís y de Buceta del Villar, contó
de nuevo con el Batallón Literario, compuesto esta vez por tan solo trescientos
estudiantes que fueron arengados por Solís: “Gallegos: españoles todos: ¡Viva
la Reina Libre!, ¡Viva la Constitución!, Fuera extranjeros!, ¡Abajo el dictador
Narváez!, “Abajo el sistema tributario!”, les dijo emocionado.
Le siguieron en la sublevación Coruña, el día 5; Pontevedra
el 9, Tui y Vigo el 10, después Orense, atacada por el Segundo Ejército, al
mando de Rubín de Celis. El 21 de abril Solís fue nombrado Capitán General de
Galicia. Narváez contraatacó aboliendo libertades y derechos y enviando un gran
ejército al mando del general de La Concha. El 23 fue la batalla de Cacheiras.
Los sublevados no querían derramar sangre, tan solo derogar el Sistema
Tributario de 1845. El Batallón Literario fue diezmado, Solís se rindió y, a
los tres días, sufrió un juicio sumarísimo que lo condenó a muerte junto con
once más de los sublevados. Antolín Faraldo fue hecho prisionero. Yo también
con él y con otros más. Jerónimo huyó a Francia.
XII
Salió a relucir mi pasado de antiguo componente del Batallón
de 1808. Eso me salvó de mayores penas. Pero dada mi condición de médico fui
obligado a presenciar el fusilamiento de los condenados. Le antecedió un
peregrinaje trágico. Para proceder a la ejecución había que contar con el
consentimiento del regidor del ayuntamiento en el que esta habría de ser
llevada a cabo. Ningún alcalde la autorizó. Durante días deambulamos por
Galicia, como almas en pena, mal durmiendo al raso, empapados por la lluvia y
apenas alimentados por los vecinos que temían ser acusados de
colaboracionistas. Al tercer día algunos de los condenados comenzaron a
suplicar que su ejecución fuese autorizada. Todavía habrían de pasar algunos
días más hasta conseguir llegar a Carral, ya cerca de Coruña. Fue allí donde el
alcalde se compadeció y autorizó el fusilamiento de Solís.
Solís, Capitán General de Galicia, fue fusilado en el atrio
de la parroquia de Paleo. El comandante Velasco y sus diez oficiales lo fueron
en el bosque de Rin, entre Carral y Paleo. El párroco de Paleo, presente a mi
lado durante la ejecución, escribió: “Espectáculo horroroso. Triste
memoria…”
Pasado un tiempo pude regresar de nuevo al pazo. Ahora vivo
recordando. Nací al lado del hombre bueno que fue mi padre y fui iniciado por
él en el arte de sanar. Pertenecí a un Batallón llevado por la fuerza de la ley
y caí prisionero de otro hombre bueno que completó mi formación. Pasado el
tiempo volví a mi Batallón llevado, esta vez, por el espíritu que alentó a un
ejército que no quiso derramar sangre sino derogar leyes injustas. Ahora vivo
recordando el que se me ofrece como mi breve pero intenso paso por la vida.
Cada vez que recuerdo los fusilamientos de Carral es como si me faltase aire
para respirar. Entonces jadeo como pudiera hacerlo un pez fuera del agua. En
esos momentos veo a mi padre seccionando el lóbulo pulmonar de aquel joven que
llegó a nuestra fiesta del Carmen aturuxando por las corredoiras y
me siento amputado en algún lugar del alma. Entonces es cuando más me duele mi
condición humana.
Casa da Pedra Aguda 30 de julio de 2021.