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domingo, 1 de marzo de 2026

HIDALGO_LA GITANA. Una de las bodegas más antiguas de España

 

Esta bodega, situada en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), es una de las más antiguas del marco de Jerez, pues data de 1792. Una gitana pintada sobre una pandereta por el padre del gran compositor Joaquín Turina, ha sido el símbolo desde 1900 y ha dado nombre a una de las grandes manzanillas de Sanlúcar y, recientemente, a la propia bodega que oficialmente cambió su razón social por la de Hidalgo La Gitana.

Etiqueta. Publicidad de la época.

A principios del siglo XVIII llega a Sanlúcar de Barrameda, procedente del Valle de Castañeda, Santander, José Antonio Hidalgo, probablemente de origen hidalgo, pues había varios “Hidalgo” por la zona, y uno de ellos, de 50 años, hijosdalgo, tenía un hijo ausente en Sevilla que podría ser este José A. Hidalgo, pues con motivo de la repoblación norte-sur, muchos montañeses se afincaron en las provincias de Cádiz y de Sevilla.

A.H.P.C. sección Ensenada Memoriales Seglares. Legajo 209, folio 1

 Llegó para hacerse cargo de la explotación de una salina de las marismas de Doñana, negocio sumamente importante debido a la necesidad de esta materia prima, primordial para la conservación de alimentos, entre otros muchos usos. En 1736 nace su hijo Francisco Roque Pantaleón Hidalgo González, que se casa con la hija de un bodeguero de aquellos años apellidado Bejarano, que había adquirido unos terrenos en el corazón del Barrio Bajo de Sanlúcar, en donde se ubica la bodega, prácticamente a la orilla del río Guadalquivir. El hijo del matrimonio Hidalgo Bejarano, Eduardo, cuando fallece su suegro, se hace cargo del negocio y funda la bodega Hidalgo que registra como razón social, con el número 20, en el año 1792, durante el reinado de Carlos IV.

Don Eduardo no solo tenía visión comercial, sino que también fue una figura emprendedora que llevó los vinos de la casa a mercados internacionales, participando en ferias y exposiciones en Europa y Estados Unidos. Fue él quien consolidó la reputación de la bodega ante los mercados exteriores, contribuyendo a que los vinos galardonados empezaran a ganar medallas y reconocimientos en concursos internacionales —un factor clave para el prestigio de la marca.

Más o menos un siglo después, allá por 1890, se creó la famosa marca La Gitana por el entonces descendiente directo de la familia Hidalgo Bejarano, Eduardo Hidalgo. El nacimiento de esta marca y símbolo, un verdadero acierto, fue todo un hito de lo que hoy llamaríamos “marketing” y que entonces obedecía a una razón muy sencilla. Existía en la ciudad de Málaga un despacho de vinos regentado por una vistosa mujer gitana. Vendía mucha manzanilla de la bodega sanluqueña de los Hidalgo, a granel por supuesto, y que aún no tenía marca como tal. Su manzanilla empezó a tener fama entre los lugareños que la llamaban “la manzanilla de la gitana”.


Eduardo conoció personalmente a dicha dama de la raza calé y entabló una buena amistad con ella. Tanto es así que a los pocos años, rozando ya 1900, le encargó a su amigo el pintor sevillano costumbrista Turina y Areal, padre del famoso compositor Joaquín Turina, que la inmortalizara en dos retratos, uno realizado sobre una pandereta, y otro sobre un lienzo. Y así nació, desde 1900, uno de los símbolos más representativos de la manzanilla de Sanlúcar de Barrameda. La cara de la gitana propietaria de aquel despacho de vinos de Málaga es desde entonces consustancial a la bodega de la familia Hidalgo.  
 
Muy pocas bodegas del Marco de Jerez pueden presumir de continuidad familiar completa (8 generaciones) desde finales del siglo XVIII hasta hoy. Su producto más conocido es la Manzanilla La Gitanaelaborada a partir de uvas Palomino Fino, aunque también elabora otros vinos generosos, brandies y vinagres.

Fuente: https://www.selectuswines.com/es/hidalgo-la-gitana-la-manzanilla-y-la-sal/2693 

domingo, 2 de noviembre de 2025

Francisco Guerra de la Vega. Industrial y cargador a Indias. I Marqués de la Hermida

Muy pocos santanderinos saben quién era el personaje, cuyo nombre lleva la calle del Marqués de la Hermida en la capital de Cantabria. Un indiano llamado Francisco Guerra de la Vega, que, junto con su sobrino, Francisco Bustamante Guerra, hizo gran fortuna en América, emprendiendo múltiples negocios en diversos países y realizó muchas obras de beneficencia.

Paseo Marqués de La Hermida (Santander)

Francisco (de Borja) Guerra de la Vega y de Covo, fue hijo de Fernando Guerra de la Vega y de Francisca de Covo y Zorlado, una familia de hidalgos santanderinos, cuyas raíces le llevan a Ibio y a la casa de los Guerra, que tantos personajes ilustres dio, aunque él naciera en Santander en 1723. Muy pronto, como tantos otros montañeses, llega a Cádiz, capital del comercio colonial hispanoamericano, para marchar a América donde muchos prosperaron. Se inicia en la Carrera de Indias fundando una sociedad dedicada al comercio marítimo y la navegación, con sedes en Veracruz y Cádiz y línea propia entre ambos puertos con nuevos destinos a Londres, Jalapa y otros puertos americanos.

Palacio de los Guerra en Ibio

Sus negocios navieros crecen y a Veracruz llegará también para ayudarle su sobrino, el torancés Francisco Bustamante y Guerra, hermano de Joseph Joaquín, probablemente uno de los más aventajados marinos que han salido de esta tierra. La Sociedad era propietaria de varios navíos que realizaban trayectos a diferentes puertos comerciales de la península, Europa y América. Las corbetas, “Júpiter” e “Iris” de 197 toneladas, armadas en corso, el bergantín también corsario, “Atrevido” de 75 toneladas que navegaba desde Santander a Saint Maló, el bergantín San Francisco de Paula y  la goleta Santa Ana de 173 tonelada de arqueo son algunos de los navíos que escribieron esta historia.

En Cádiz, en 1758, contrae matrimonio con María Paula Isabel Francisca Tabernilla Escajadillo¸ su vida familiar y descendencia para siempre será gaditana y jándala aunque sus raíces tiraran con fuerza para enviar a su hijo a estudiar a Villacarriedo y luego contraer matrimonio con la campurriana María Francisca Collantes Fonnegra.

De este matrimonio nacieron cuatro hijos, pero sólo sobrevivió uno, Luis Fernando, a quien designó heredero del cuantioso mayorazgo que fundó por voluntad testamentaria. Guerra de la Vega fue un hombre caritativo, que se distinguió por ayudar a numerosos parientes pobres y que fue benefactor de diversas instituciones asistenciales, muy especialmente, entre ellas, la Orden de San Juan de Dios, a la que profesaba una gran admiración y respeto.

La Montaña tenía una escasa producción cerealista, pilar básico de la alimentación y por diferentes motivos en los años 80 de ese siglo se declaró una tremenda hambruna, lo que sensibilizó a tío y sobrino para que desinteresadamente enviaran a Santander desde Filadelfia siete barcos cargados con maíz, harina y trigo, como manifiestan en diferentes escritos…  “compadecido de la necesidad quasi estrema en que estaba toda la provincia los años 88 y 89 quando fue general la escasez en el Reyno, mandó conducir de Filadelfia, Sevilla y Cádiz a los puertos de Cantabria, embarcaciones cargadas de Arina y Granos que hizo bender a la quarta parte del precio corriente” Para 1789 se confirma su llegada y distribución por la provincia, como escriben… “para distribuirlo entre los más necesitados, según nuestras órdenes al costo y costos; les habíamos prevenido repetidamente que por el primero señalábamos como a todo lo demás 26 reales vellón, precio del mercado de Ávila o Santander (donde por nuestra cuenta se satisfarían los fletes al bergantín)”.

Esta ayuda quitó mucha hambre de la población y Carlos IV, agradeció este comportamiento, concediendo a Francisco Guerra de la Vega, el 3 de abril de 1796, el Marquesado de la Hérmida, vecino de Santander, en atención a su calidad y méritos, e invistiéndole como Caballero de Carlos III. Fallece en 1800 en Puerto Real (Cádiz).

Fuente: https://grupoalceda.com/las-calles-de-santander-y-el-marques-de-la-hermida/

 

martes, 26 de agosto de 2025

Evolución de la nobleza en España desde las Cortes de Cádiz

 

A lo largo del siglo XIX y XX, la aristocracia buscó adaptarse, manteniendo su influencia social y, en ciertos periodos, su proximidad al poder político. Sin embargo, en el marco constitucional actual, la nobleza es ante todo un símbolo histórico y cultural, que conserva un prestigio honorífico, pero ha dejado de ser una institución con poder real en la vida política y económica de España.

La historia contemporánea de España no puede entenderse sin analizar el papel de la nobleza, una institución secular que, aunque profundamente transformada, ha mantenido una notable presencia desde la Edad Media hasta nuestros días. La aprobación de la Constitución de 1812 por las Cortes de Cádiz supuso un punto de inflexión: por primera vez se cuestionaban de manera directa los privilegios tradicionales de la aristocracia, en un contexto de crisis del Antiguo Régimen y de emergencia de las ideas liberales. Desde entonces, la nobleza española, tanto la titulada como la que no (hidalguía), ha atravesado un complejo proceso de adaptación, pasando de ser un grupo privilegiado con funciones políticas y jurisdiccionales a convertirse, en buena medida, en una élite social y simbólica de carácter honorífico.


Hay una cuestión en la que nunca se insiste bastante: los títulos se conceden para ser utilizados públicamente. Si alguien sucede o rehabilita un título nobiliario, y mucho más si lo obtiene para sí directamente del Rey, debería ostentarlo con legítimo orgullo, procurando ser digno de tan alta merced, honrando a sus antepasados, con total fidelidad a la Corona, sin ocultarlo con absurdo recato. 

La nobleza en el Antiguo Régimen

Hasta comienzos del siglo XIX, la nobleza en España había constituido uno de los tres pilares fundamentales del orden estamental, junto con el clero y el pueblo llano. Gozaba de amplios privilegios, como la exención del pago de impuestos, la posesión de mayorazgos —bienes vinculados e inalienables— y la jurisdicción sobre territorios en régimen señorial. Su poder económico se sustentaba en la gran propiedad agraria, mientras que su influencia política se manifestaba en la cercanía a la monarquía y la ocupación de cargos en la administración, el ejército y la Iglesia.

Sin embargo, ya en el siglo XVIII, bajo los Borbones, se habían producido intentos de limitar su peso político y reforzar el poder central. La Guerra de la Independencia (1808–1814) aceleró el proceso, pues la nobleza se dividió entre afrancesados y patriotas, y el nuevo marco liberal empezaba a socavar los fundamentos del orden estamental.

Las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812

La Constitución de 1812 marcó un antes y un después en la historia de la nobleza española. Aunque no eliminó los títulos nobiliarios, sí consagró principios contrarios a los privilegios tradicionales: la igualdad jurídica de los ciudadanos, la abolición de los señoríos jurisdiccionales y el cuestionamiento de los mayorazgos. Con ello, la nobleza perdió gran parte de su poder político y económico directo.

Los señoríos pasaron a integrarse en la administración del Estado, lo que supuso el fin de una de las bases históricas de la aristocracia. Si bien muchos nobles conservaron sus tierras y consiguieron transformarlas en propiedades privadas, la desaparición de los vínculos señoriales mermó de manera significativa su capacidad de control sobre la población campesina.

Promulgación de la Constitución de 1812-Cádiz. Salvador Viniegra

La nobleza en el Estado liberal del siglo XIX

Durante el siglo XIX, la nobleza se vio obligada a adaptarse a la nueva realidad liberal. Aunque continuaba siendo un grupo social influyente, su papel cambió. Muchos aristócratas se integraron en la vida política como miembros destacados de los partidos moderados y conservadores, aportando estabilidad y apoyo a la monarquía. La Corona, consciente de la importancia simbólica de mantener a la aristocracia, siguió concediendo títulos nobiliarios, en ocasiones a políticos, militares y financieros que habían demostrado fidelidad al régimen.

En el plano económico, la nobleza intentó reconvertirse. Mientras algunas familias lograron mantener su posición mediante la modernización de sus explotaciones agrarias o la inversión en sectores emergentes como el ferrocarril o la banca, otras fueron perdiendo relevancia a causa de las desamortizaciones y de la fragmentación de sus patrimonios. Este proceso acentuó la división entre una aristocracia de gran fortuna y prestigio y una nobleza empobrecida, que conservaba el título, pero carecía de recursos materiales.

La nobleza en la Restauración y la primera mitad del siglo XX

Durante la Restauración borbónica (1874–1931), la nobleza recuperó cierta visibilidad pública. Muchos aristócratas ocuparon cargos en el Senado, la diplomacia o la alta administración, y continuaron siendo figuras clave en la vida social y cultural. Madrid y otras ciudades españolas se convirtieron en escenarios de sociabilidad aristocrática, con palacios, tertulias y actividades benéficas organizadas por familias nobles.

Sin embargo, los cambios políticos del siglo XX debilitaron su posición. La proclamación de la Segunda República (1931) trajo consigo la abolición oficial de los títulos nobiliarios y la prohibición de su uso en documentos públicos. Esta medida, aunque de carácter simbólico, reflejaba el rechazo de una parte de la sociedad hacia la nobleza como vestigio del Antiguo Régimen.

La Guerra Civil y la posterior dictadura franquista modificaron nuevamente el panorama. Francisco Franco restituyó los títulos nobiliarios y concedió otros nuevos a militares y colaboradores del régimen, utilizando la nobleza como instrumento de legitimación y recompensa. Así, se produjo una cierta “democratización” del acceso a la nobleza, aunque en un sentido político y no social, pues seguía siendo una distinción reservada a las élites fieles al poder.

La nobleza en la España democrática

Con la llegada de la democracia tras la muerte de Franco en 1975, la nobleza perdió toda función política y jurídica. La Constitución de 1978 reconoce los títulos nobiliarios, pero únicamente como meras distinciones honoríficas, sin privilegios legales. La monarquía parlamentaria, encarnada en la figura de Juan Carlos I y posteriormente Felipe VI, ha mantenido la práctica de rehabilitar o conceder títulos como una tradición vinculada al reconocimiento de méritos.

Títulos Nobiliarios y Grandezas

​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​La Constitución Española de 1978 atribuye al Rey el "conceder honores y distinciones con arreglo a las leyes" (art. 62 f).

Las Grandezas y Mercedes nobiliarias nacen por concesión soberana del Rey; posteriormente se van transmitiendo siempre por adquisición legal. Como derechos honoríficos que son, están fuera del comercio de los hombres y no pueden ser objeto de transacción mercantil alguna. En algunos casos revierten a la Corona cuando, vacante el Título, no se ejercitan durante un cierto tiempo las acciones encaminadas a su adquisición o transmisión.

La facultad de otorgamiento o concesión se ejerce por el Rey y se materializa a través de una Real Carta. Dicho otorgamiento surte efectos frente a terceros una vez que se publica en el Boletín Oficial del Estado el correspondiente Real Decreto de concesión.

El rey Felipe VI preside la asamblea de la Diputación Permanente y Consejo de la Grandeza 
de España y Títulos del Reino en el Palacio Real de El Pardo. A. Pérez Meca / 2024

Felipe VI pide ejemplaridad a los nobles: "El privilegio es compromiso y servicio a la sociedad"

En la actualidad, la nobleza en España se encuentra plenamente integrada en una sociedad democrática e igualitaria. Sus miembros suelen destacar en ámbitos como la cultura, la filantropía o la gestión de sus patrimonios históricos. Muchos palacios y bienes nobiliarios han pasado a formar parte del patrimonio cultural, abiertos al público o gestionados por fundaciones. No obstante, la nobleza sigue conservando un valor simbólico y social. Para determinados círculos, ostentar un título continúa siendo un signo de distinción y prestigio, aunque sin implicar superioridad legal alguna. En este sentido, puede afirmarse que la nobleza ha transitado de ser un estamento con funciones políticas a convertirse en una élite honorífica y cultural.

La trayectoria de la nobleza española ilustra, en definitiva, el tránsito de un orden social estamental hacia una sociedad de ciudadanos iguales en derechos, donde la tradición aristocrática subsiste como vestigio de un pasado que sigue despertando interés, pero sin capacidad de condicionar el futuro.