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martes, 14 de febrero de 2023

Suero de Quiñones. Caballero leonés, justador. La hazaña del Paso Honroso

 

Suero de Quiñones ha tenido mucha relevancia en la historia de León por su hazaña del Paso Honroso. Entre el 10 de julio y el 9 de agosto de 1434, Año Santo, se celebró junto al puente del Órbigo el célebre Paso Honroso. 

Don Suero solicitó formalmente al rey su permiso para cumplir con un voto de amor que le había hecho a su dama Doña Leonor de Tovar. El voto consistía en que cada jueves llevaría puesta la argolla de hierro hasta que se librase de su “prisión”. Conseguiría dicha “liberación” si culminaba con vida un paso honroso de armas —un ritual de combate individual a caballo— y después peregrinaba a Santiago de Compostela.


Nace en 1409 y fue hijo del noble leonés Diego Fernández de Quiñones y de su esposa María de Toledo. Tras sus primeros años, que transcurrieron entre las muchas tierras y villas que su padre poseía en zona leonesa, su educación recayó en su ayo Gómez Téllez de Gavilanes, quien se preocupó tanto de su educación cultural como de los usos de la guerra. Entró más tarde, en 1426, como criado del condestable de Castilla, Álvaro de Luna, acercándose así a la vida de la Corte. Tanto él como su hermano Pedro, con el que siempre estuvo muy unido, participaron intensamente en la vida política castellana, en la vida de bandos y facciones nobiliarias que entonces alteraban esa vida política.

Don Suero, enamorado durante años de doña Inés de Tovar, se sentía prisionero del amor de la dama, en señal de lo cual todos los jueves ayunaba y se colgaba del cuello una argolla de hierro como si fuera su esclavo. Para librarse de este tormento, se le ocurrió hacer una justa. Pidió autorización al rey Juan II para alzar sus tiendas en el camino de los peregrinos de Compostela, en el lugar de la Puente de Órbigo, durante un mes, él y nueve amigos se batirían contra todos los caballeros que acudieran al lugar, hasta romper trescientas lanzas, a razón de tres por caballero. Concedido el permiso del entonces rey de Castilla Juan II, se pregonó por las cortes europeas el futuro acontecimiento, las condiciones para participar en ella y la fecha y el lugar en el que se llevaría a cabo, «cerca de la puente del Órbigo».

Puente del Paso Honroso de Suero de Quiñones

Tras la autorización del rey se leyó, una a una, las ordenanzas que habían de regir como ley en el paso de armas que ya todos llamaban Honroso. Y León, rey de armas, tomó en su mano el pergamino, con el desafío de Suero, y prometió leerlo y pregonarlo en «todas las Cortes de la Cristiandad» y ante todos los reyes, duques y señores para que autorizaran a sus caballeros y vinieran a luchar en el lugar de la Puente de Órbigo.

Los nueve caballeros hijosdalgos mantenedores respondían a los nombres de Lope de Estúñiga, Diego de Bazán, Pedro de Nava, Suero Gómez, Sancho Rabanal, Lope de Aller, Diego de Benavides, Pedro de los Ríos, Gómez de Villacorta, y al final Suero de Quiñones, con una guardia formada por caballeros de Castilla, que, en señal de acatamiento, fueron a pie y llevaban las riendas de sus caballos. Detrás, iban tres pajes de la Casa de los Quiñones, a caballo y portando espadas.

El escribano del rey Juan II de Castilla, Pedro Rodríguez de Lena, documentó el Passo honroso de Suero de Quiñones en un manuscrito del que se conservan 5 copias, una completa en el Monasterio de El Escorial. Sucedió en el «año del naçimiento de Nuestro Señor Jesuchristo de mil é quatroçientos é trenta é quatro años» cerca del puente de la villa de Hospital de Órbigo, en el camino de Santiago, «que es a seis leguas de la noble çiudad de León, é a tres de la çiudad de Astorga».

Concluido el Paso, don Suero se dirigió hacia León a la cabeza de un buen número de gente y allí visitó las reliquias de San Isidoro. A continuación, y tras pasar unos días en Laguna de Negrillos, donde tenía un castillo, marchó en peregrinación hacia Santiago. Cuando llegó a la tumba del apóstol, dejó como regalo un brazalete de oro y perlas con inscripción en francés, que hoy lleva al cuello el busto relicario de Santiago Alfeo. Tras su muerte violenta* en el año 1458, le sucede su hijo, Diego de Quiñones y Tovar, caballero de la Orden de Santiago y que ocupó el puesto de comendador de Destriana (León).

*Fue asesinado en Barcial de la Loma (entre León y Valladolid) por los escuderos de Gutierre de Quijada , «quien no le había perdonado odios del Passo honroso».

sábado, 5 de febrero de 2022

Alfonso Carrillo de Acuña. Uno de los personajes más influyentes de la política castellana de la segunda mitad del XV



Su influencia en la vida política del reino de Castilla, en los reinados de Juan II, Enrique IV e Isabel I fue enorme; su opinión fue muy variable, acomodándose a las circunstancias. Obispo de Sigüenza, Arzobispo de Toledo, Primado de España, en el periodo 1446–1482.

Durante el reinado de Enrique IV, obtuvo un inmenso poderío, siendo un auténtico señor de vasallos, poseedor de varios castillos y grandes riquezas, llegando incluso a superar a los grandes linajes nobiliarios de la corte




Alfonso (o Alonso) Carrillo "el Joven" nace en Carrascosa del Campo (Cuenca), en agosto de 1412, y muere en Alcalá de Henares (Madrid) en 1482. De familia noble (hidalga) con origen portugués, fue hijo del caballero Lope Vázquez de Acuña, ricohombre castellano, máxima autoridad en el poderoso Concejo de la Mesta, ofició que vinculó a su familia, y de Teresa Carrillo de Albornoz, que pertenecía a la poderosa familia del cardenal Gil Álvarez de Albornoz, además de ser sobrino del cardenal Alfonso Carrillo, a cuyo lado se formó desde la temprana edad de 11 años.

En el año 1434 murió su tío, y Alfonso fue nombrado protonotario apostólico del papa Eugenio IV. Gracias a este puesto accedió a formar parte del Consejo Real del rey castellano Juan II, a la vez que también fue enviado embajador del rey al Concilio de Basilea. En el año 1435 fue nombrado administrador y posteriormente obispo de la sede de Sigüenza, por lo que regresó a Castilla, tras dieciséis años de ausencia, con una inmejorable preparación para los asuntos de gobierno. En su etapa como obispo de Sigüenza dio muestras de su gran capacidad de gobierno y favoreció notablemente a su propio cabildo catedralicio, el cual se vio muy enriquecido.

A la edad de treinta y cuatro años, en 1446, fue nombrado arzobispo de Toledo, cargo en el que estuvo desde 1446 hasta 1482, año de su muerte. Al recibir dicho cargo llevaba implícito ser el Cardenal Primado de Castilla su persona ocupó un puesto de especial relevancia dentro de la compleja política castellana. Alfonso Carrillo de Acuña apoyó con decisión la tendencia pro-aragonesa de cierta nobleza castellana. La línea política de Alfonso Carrillo estuvo marcada por diversos cambios de posturas, siempre según lo mandaran las circunstancias coyunturales.

Enrique IV de Castilla
Tras la desaparición de su pariente en 1453, Don Álvaro de Luna, poderoso valido caído en desgracia, se volcaría en apoyar a sus sobrinos Juan Pacheco, marqués de Villena y Pedro Girón, nuevo personaje importante de la corte. Avaló la política del nuevo rey Enrique IV. En los primeros años del reinado de este monarca siguió ocupando cargos importantes: en el año 1454 fue nombrado regente del reino durante la ausencia del rey, que estaba realizando incursiones en el reino nazarí de Granada; en 1463 fue nombrado embajador del rey ante la corte francesa. Durante esa época, Alfonso Carrillo obtuvo un inmenso poderío, siendo un auténtico señor de vasallos, detentador de varios castillos y grandes riquezas, y llegando incluso a superar a los grandes linajes nobiliarios de la corte. Parecía más un auténtico señor feudal que el Primado de Castilla. Pocos años después tendría ocasión de poner en movimiento todo su poder militar contra el rey.

Alfonso Carrillo tenía un carácter ambicioso, tenaz e impulsivo, lo que unido a su gran poder, le hizo ponerse en contra del rey y apoyar la rebelión nobiliar contra Enrique IV. Los nobles pretendían destituir al monarca y poner en su lugar al primogénito de éste, el infante Don Alfonso. Todo esto ocurrió en la llamada Farsa de Ávila del año 1465, donde se quemó públicamente y en efigie la figura del rey depuesto. Alfonso Carrillo abanderó abiertamente la rebelión, con la consiguiente guerra civil entre las facciones pronobiliares y promonárquicas.

En el año 1468 murió repentinamente el infante Alfonso. Los nobles apoyaron a la hermana del rey, Dª Isabel. Alfonso la apoyó denodadamente, llevando a buen puerto las negociaciones entre ambos hermanos que cristalizaron con el llamado Pacto de los Toros de Guisando, de 1468, por el cual Enrique IV reconocía a su hermana como heredera legítima al trono de Castilla, en detrimento de su hija natural, Dª Juana, apodada “la Beltraneja”. Alfonso Carrillo siguió prestando una gran labor a los intereses de la futura reina con las gestiones secretas para acordar la boda entre Isabel y Fernando de Aragón, príncipe heredero de Aragón.

El año 1468 significó la cumbre política de Alfonso Carrillo, quien, debido a sus gestiones y al valioso apoyo prestado a los futuros monarcas, parecía estar llamado a ser el privado indiscutible de Castilla-Aragón. Estos proyectos se desvanecieron en el año 1470. Los nuevos monarcas traían un nuevo concepto político, tan autoritarios como los del propio Alfonso Carrillo, hecho éste que provocó un choque frontal entre ambos. Alfonso Carrillo, imbuido de una mentalidad todavía muy medieval, no podía tolerar con gusto el afán autoritario y dirigista de los futuros monarcas. A este hecho se le sumó el nombramiento como cardenal de D. Pedro González de Mendoza, de la poderosa familia de los Mendoza, cargo al que aspiraba el propio Alfonso Carrillo.

Lleno de resentimiento y traicionado, en el año 1474, Alfonso Carrillo apoyó las pretensiones de Dª Juana a la Corona de Castilla. Dando un giro absoluto a su política, Carrillo se integró en el bando liderado por el rey de Portugal que apoyaba los derechos al trono castellano de su sobrina la princesa Juana contra Isabel. La guerra fue larga y cruel, pero a principios de 1479 una ofensiva de los Reyes Católicos derrotó definitivamente a los portugueses y obligó a Carrillo a someterse y aceptar guarniciones reales en todas las fortalezas que controlaba, para poder continuar como arzobispo de Toledo.



Escudo de Alfonso Carrillo (Catedral de Alcalá de Henares)

Carrillo fue derrotado y obligado a pedir perdón a la reina Isabel, quien se lo concedió y le conservó en su puesto. Se retiró a su villa favorita, Alcalá de Henares, ciudad en la que había fundado el convento de franciscanos y donde fue enterrado. Tras la desamortización de este, sus restos fueron trasladados a la actual Catedral de los Santos Niños Justo y Pastor.


martes, 5 de mayo de 2020

Cien continos “hombres de armas”. Hijosdalgos de las Guardas de Castilla



Las capitanías o compañías de “continos” fueron creadas durante el reinado de los Reyes Católicos. Con Carlos I una de ellas se denominó la de los “cien continos hijosdaldos de las guardas de Castilla” o “los gentiles ombres (sic) continos de la casa real de Castilla”, y ordenó que residiera contínuamente en la corte para su guarda.

Algunos historiadores interpretan que se trataba de una guardia real, pero aparece normalmente contabilizada en las listas de las Guardias de Castilla y no en la Casa Real, como sí aparecía la guardia española de a pie y de a caballo. La compañía realizaría servicios, como en 1580 durante la conquista de Portugal, alejados de la persona del rey.

Los Cien Continos de Carlos V, por Clauzel
Aun así, el término "continos de las guardas reales" aparece ya en 1492, y de nuevo se repite en documentos relativos a Álvaro de Luna y Ayala, donde aparece con el título de "capitán de los continos hombres de armas que residen en nuestra corte".

Eran conocidos como los "cien continos hijosdalgos de las guardas de Castilla", lo que denotaba hidalguía de sus miembros, que estaban integrados en las Guardias de Castilla, y que su número era de cien soldados, a diferencia de otras compañías de las Guardias, que fueron de efectivos teóricos variables, 40, 80 o 100

LOS CONTINOS DE LA CASA DE CASTILLA

Tras la implantación de la etiqueta borgoñona, esta unidad fue uno de los pocos vestigios que se conservaron de la anterior organización cortesana de la casa de Castilla. El modelo medieval castellano había establecido una guardia de escuderos a pie y a caballo. Posteriormente aparecen los continos, que tienen su origen en otra unidad de caballería creada por Álvaro de Luna, valido de Juan ll, condestable de Castilla y maestre de Santiago, como cuerpo de guardia estable del rey y su familia. Pero como los continos estaban más vinculados a  su fundador que al propio rey, las Cortes de Tordesillas de 1421 intentaron su disolución.

Con Juan II la unidad llegó a  estar formada por unos 1.000 jinetes, y con su hijo Enrique IV aumentó hasta los 3.600 hombres. Según la crónica de este monarca, llegó a Córdoba acompañado de «tres mil de a caballo hombres darmas e ginetes» en los que el rey gastaba «una gran cantidad de dineros».

En 1490 son denominados «los continos del rey y de la reina», desempeñando sus miembros un importante papel como ejecutores de las órdenes de los reyes. Esta compañía participó en la Guerra de las Comunidades.

Posteriormente, Carlos I ordenó que una compañía residiera continuamente en la corte, para su guardia, a la que se denominó «de los cien continos hombres de armas», que habían de ser caballeros y/o hidalgos. Igualmente tuvo un papel destacado en la conquista de Portugal. Los continos, desde su creación, estuvieron vinculados a la casa de Luna, de tal forma que los descendientes de don Alvaro mantuvieron el título remunerado de capitanes de la  compañía. La compañía se extinguirá en 16I8.


Las Guardas de Castilla estaban compuestas por 25 capitanías (o compañías) de 100 hombres cada una, tres cuartas partes de ellas siendo hombres de armas armados con lanzas de ristre y el resto jinetes, caballería ligera española al estilo morisco, armados con lanzas de mano. No obstante, el número de capitanías, soldados y especialidades fue variable durante el tiempo según necesidad y oportunidad. Así pues, en 1499 había 19 capitanías y 36 en 1506.


En 1494, 600 de estas lanzas partirían a cargo del Gran Capitán para combatir en la guerra italiana de 1494-1498. Participarían también en la lucha contra los moriscos en la serranía de Ronda (1499-1502). En 1500, tres compañías de hombres de armas y tres de jinetes se embarcarían en Málaga con el Gran Capitán para combatir en la Guerra de Nápoles (1501-1504).

Para saber más:

En la consolidación de la monarquía nacional en los reinos españoles, los Reyes Católicos crearon una serie de instituciones necesarias para el desarrollo de la nueva organización de la Corona. Entre esas novedades figura la de un ejército sin las debilidades de las huestes feudales, cuya consecución entrañó una serie de iniciativas que cristalizan en la consolidación de las Guardas de Castilla.

Las Guardas De Castilla. Primer Ejército Permanente Español, Editorial Sílex, 2013, de Enrique Martínez Ruiz