viernes, 23 de octubre de 2015

Gaspar de Jovellanos. Político, pensador y escritor


Según escribió Marcelino Menéndez y Pelayo, "Jovellanos fue un alma heroica y hermosísima, quizá la más hermosa de la España moderna". Este hidalgo singular destacó como máximo exponente de la Ilustración española, como pensador y escritor polifacético y como político reformista. Además, su legado resultó imprescindible para el desarrollo de la revolución liberal española en lo político y en lo económico. Y, desde luego, su actuación frente a Napoleón, durante la guerra de la Independencia (1808-1814), fue la de un gran patriota. 

Baltasar Melchor Gaspar María de Jovellanos Ramírez de Jové nació en Gijón el 5 de enero de 1744, vispera de Reyes, de ahí quizá su nombre. Hijo de don Francisco de Jovellanos y de doña Francisca Apolinaria Ramirez de Jové. Falleció en Navia en noviembre de 1811, mientras los franceses ocupaban Gijón.

Retrato de Jovellanos, por Goya
Su origen social lo ligaba a la baja nobleza y su puesto entre los hermanos le abría la ruta de los predispuestos a alejarse del mayorazgo para buscar un puesto en la Iglesia, en el Ejército o en la Corte. Afrontó la supervivencia material con el orgullo de quien piensa que a los hidalgos segundones los hace Dios y a los nobles los hace el rey. Sin embargo, sus dos hermanos mayores le precedieron en la muerte y, con el tiempo, se convirtió en cabeza de toda su familia.

Su formación se orientó para su integración en el clero o en la administración del Estado. Primero estudió en el seno familiar; después continuó estudios en Oviedo, Osma (Soria), Ávila y Alcalá de Henares (Madrid). En las tres últimas ciudades vivió unos ocho años, sin visitar Asturias. Terminó el bachiller de Cánones en Osma, se licenció en Ávila y estuvo becado en el Colegio Mayor de San Ildefonso de la Universidad de Alcalá. Aquí conoció a José Cadalso, que lo inició en la poesía, y a su fiel amigo y protector Juan José Arias de Saavedra, al que llamará Papaíto en sus diarios y le otorgará amplios poderes, desde el castillo de Bellver, para administrar sus bienes y disponer de su legado testamentario.

Forjado para la Iglesia o para el Estado, no admitió la censura inquisitorial de las ideas impresas ni los comportamientos ambiguos de la vida palaciega. Su carrera eclesiástica se truncó definitivamente cuando no logró una canonjía doctoral de la catedral de Tuy. Tampoco obtuvo plaza de profesor de Derecho en la Universidad de Alcalá. Por ello, se quedó en Madrid en espera de un puesto en la Administración, siendo nombrado por Carlos III para una plaza de alcalde del crimen de la Real Audiencia de Sevilla, donde permaneció entre 1767 y 1778, año en el que, tal vez con ayuda del duque de Alba, logró una plaza de alcalde de casa y corte que le permitió volver a Madrid.
Contactó con la tertulia de su prestigioso paisano y gran protector Pedro Rodríguez de Campomanes, que influyó decisivamente en su pensamiento y en su integración en la Corte. Se convirtió en uno de sus colaboradores, y tras sus pasos accedió a la Real Sociedad Económica Madrileña, que luego dirigió (1785). Ingresó en la Real Academia de la Historia (1779) y al año siguiente leyó su discurso de recepción.

Su valía personal le abrió las puertas de la Real Academia de San Fernando (1780), la Real Academia Española (1781), la Academia de Cánones (1782) y la Academia de Derecho (1785). En 1780 obtuvo la plaza, que no logró tres años antes, en el Real Consejo de Órdenes Militares, poderosa institución que robusteció su ascenso nobiliario y, tras la obligada investidura como caballero de la Orden de Alcántara del Consejo de Estado de S. M., le supuso una garantía decisiva en la sociedad tardofeudal del Antiguo Régimen. Este puesto tal vez era la meta volante para llegar al Consejo de Castilla, y sin duda significaba la culminación de la carrera de cualquier hidalgo en la Administración borbónica. Por ello, este título fue el más apreciado por Jovellanos y el único que mencionó en su testamento de Bellver, donde manifiesta su voluntad de ser enterrado sin otro hábito que el de mi orden de Alcántara, sin distinción, pompa, ni asistencia alguna.

A instancias del Consejo de Órdenes, realizó distintos trabajos y presentó un programa de reformas económicas de signo liberal bajo el título de Informe sobre el libre ejercicio de las artes (1785). Como su pensamiento fue bien recibido, le siguieron peticiones de otros informes de distinta naturaleza para instituciones relevantes, como la Junta de Comercio y Moneda o la Real Sociedad Económica.

La detención del conde de Cabarrús y la defensa que de él planteó Jovellanos costó a éste la enemistad con su protector Pedro Rodríguez de Campomanes y un destierro encubierto de siete años (1790 a 1797) a Gijón, interrumpidos por viajes de trabajo a Santander, Vascongadas o Palencia. Su estancia en Asturias le permitió poner en marcha el Instituto Asturiano, su obra más destacada.


En noviembre de 1797, tras un breve período como embajador en Rusia, fue nombrado secretario de Gracia y Justicia, pero sólo pudo ocupar el cargo durante un año debido a las presiones ejercidas por Godoy para lograr su destitución. Durante este breve período destacó por su voluntad reformista y por su lucha contra la Inquisición y las propiedades de la Iglesia.

Entre los enemigos del Instituto y sus opositores de Asturias se incubó la delación anónima. Se le acusó de reformista y de que en una edición del Contrato social se criticaba al Gobierno y se le elogiaba a él, así como a Mariano Luis de Urquijo. Carlos IV no dio crédito a las peticiones de Jovellanos contra la delación secreta. El resultado de la investigación fue su despótico destierro a Mallorca (1801-1808) y fue liberado tras el motín de Aranjuez.

Entre julio y septiembre de 1808, rechazó el nombramiento como ministro de Interior de José Bonaparte, por motivos de salud. No acató la orden de Napoleón de marchar a Asturias.

Al entrar de nuevo los franceses en Gijón, el 6 de noviembre de 1811, Jovellanos se embarcó para escapar de ellos. Tras ocho días de tormentas y de peligros, arribó al Puerto de Vega (Navia), donde el buque Volante sucumbió. Unos días después, el 27 del mismo mes, Jovellanos murió de pulmonía.

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